Cada 30 de mayo se conmemora en Argentina el Día Nacional de la Donación de Órganos y Tejidos, en homenaje al nacimiento del hijo de la primera mujer trasplantada que pudo dar a luz en un hospital público. Pero más allá de las efemérides, detrás de cada trasplante hay una historia de lucha, esperanza y segundas oportunidades. En diálogo con Infomedia24, Paula Casafuz, quien recibió tres trasplantes renales, y Pamela Perancho, quien fue trasplantada también de este mismo órgano, compartieron en primera persona cómo fue vivir dependiendo de una máquina y cómo todo cambió gracias a la donación.
“Soy un testimonio fiel”: el camino de Paula
Paula Casafuz tenía apenas 12 años cuando empezó a notar que algo no estaba bien. “Primero era anemia, después el calcio no crecía… y me acuerdo que me quedaba dormida en las clases. No rendía, no rendía. Mis padres empezaron a ver qué era lo que me pasaba”, contó. Los análisis fueron contundentes: tenía insuficiencia renal.
El diagnóstico la obligó a viajar de urgencia a Buenos Aires, acá no había solución. “Lo primero que hicieron fue ponerme un catéter y dializarme. Ahí me explicaron todo: que mis riñones no funcionaban, que se podía hacer un trasplante, pero que tenía que ser compatible con mi cuerpo, con mi ADN”.
Su primer trasplante fue de su mamá. “Era 1992. En ese tiempo la ciencia no estaba como ahora. La medicación todavía se estaba probando, y aunque el trasplante funcionó, el riñón duró unos cuatro o cinco años”. Luego volvió a diálisis, un tratamiento invasivo y desgastante: “Es una máquina a la que te conectás tres veces por semana, durante cuatro horas. Te ponen dos agujas en una fístula que une una arteria con una vena, y por ahí te filtran la sangre. Yo vivía a través de la diálisis”.

El segundo intento fue con un riñón cadavérico, a través de una llamada del INCUCAI. “También duró unos cuatro o cinco años… No fue fácil”. La posibilidad de un nuevo trasplante volvió a surgir cuando su hermana menor resultó compatible. “Yo no quería que me donaran. Era muy difícil todo el proceso, tanto para el que recibe como para el que da. Pero mis hermanas se hicieron los estudios y la menor fue compatible. Me donó un riñón hace diez años, y desde entonces estoy feliz”.
Hoy, Paula vive una vida completamente distinta: “Realmente ahora la medicina es otra, los medicamentos son mejores. Antes eran muy nocivos, las contraindicaciones no eran buenas. Ahora podés vivir mejor”.
“Donar órganos es dar vida, eso es verdad. Muchas veces la gente tiene miedo, sobre todo los familiares, por lo que pueda pasarle a quien dona. Yo quiero decirles que tanto mi hermana como mi mamá, que me donaron un riñón en distintos momentos, hoy tienen una vida completamente normal. Mi hermana, de hecho, fue mamá hace poco y está excelente, siempre llevó una vida plena, como cualquier persona”, narró.

Para cerrar, reflexionó: “Es importante que se informen bien, que sepan que se puede donar y que quien recibe también puede volver a vivir. Yo soy un testimonio fiel de eso. Antes sentía que me iba a morir en cualquier momento, no tenía estabilidad, vivía pensando en cómo iba a salir de cada sesión de diálisis. Hoy puedo estudiar, pensar en mi futuro, hacer cosas simples como tocar una mesa y agradecer estar viva. Y eso es gracias a la donación. Me ayudó mucho la fe, igual a mi familia, porque todos sufren”.
“Los órganos no van al cielo”
Pamela Perancho en plena pandemia, en el año 2020, su vida dio un giro inesperado pero profundamente anhelado: recibió un trasplante renal que le salvó la vida. Su historia es la de una lucha silenciosa contra una enfermedad congénita, pero también es la de un renacimiento que hoy la impulsa a alzar la voz en favor de la donación de órganos.
“El 13 de mayo es mi nueva fecha de nacimiento”, afirmó sin dudar. “Yo nací el 5 de octubre, pero ese día volví a nacer gracias a un angelito que, sin conocerme, me dio la posibilidad de seguir viviendo”.
Pamela nació con insuficiencia renal crónica. Desde pequeña su vida estuvo marcada por una patología llamada falla multiquística: sus riñones no funcionaban, apenas el 50% de uno de ellos –el derecho– le permitía sobrevivir. Dependía de una máquina para poder seguir. “Era estar conectada cuatro horas a una máquina para que mi riñón pudiera resistir un poco más”, recordó.

En medio de ese camino duro pero esperanzado, decidió estudiar el profesorado de teatro. “Desde 2019 estoy estudiando. Iba a clases lunes, miércoles y viernes; el resto de los días los pasaba en casa o con la diálisis”, contó.
Fue en 2020 cuando llegó la noticia. En el centro de trasplantes, luego de la operación, le informaron que el órgano que había recibido era cadavérico, y 100% compatible. “Es muy loco que sea alguien desconocido y 100% compatible conmigo. Fue como una lucha continua, no solo mía, sino también de mi familia. Volví a renacer con ese órgano”.
La recuperación fue rápida y sin complicaciones: “Me trasplantaron el 13, y ese mismo día estuve un ratito en terapia intensiva. El 14 ya estaba en sala y el 19 de mayo me dieron el alta. En menos de una semana ya estaba de nuevo esperando para volver a casa”.
Pamela no conoce a la familia del donante, pero expresa un profundo deseo de poder agradecerles: “Me encantaría poder comunicarme con la familia. Ese órgano me salvó la vida. Y lo cuido, lo cuido como si fuera propio, porque es mi órgano y es el que me permite vivir”.
Con la convicción de quien ha vuelto a la vida, envía un mensaje claro y directo: “Los órganos al cielo no van. Sé que es una situación difícil para las familias, y respeto a quienes no quieran ser donantes. Pero si tenés la posibilidad, hacelo. No solo salvás vidas: le das a alguien la oportunidad de seguir, de cuidar ese órgano, de amar, de vivir”.
Pamela hoy sigue estudiando y soñando. Su historia es una de esperanza, de renacimiento, pero sobre todo, de agradecimiento. Y en su voz resuena un mensaje que invita a reflexionar: donar órganos es dar vida después de la vida.
El número detrás de las historias
El Día Nacional de la Donación de Órganos se conmemora cada 30 de mayo en nuestro país, una fecha orientada a concientizar acerca de la importancia de esta práctica para quienes se encuentran a lista de espera de un trasplante de un órgano o tejido. Este procedimiento puede salvar miles de vidas y garantiza derechos para los donantes y receptores, como la confidencialidad y privacidad.
Según datos del INCUCAI, en Argentina más de 7.000 personas esperan un trasplante. Cada donante puede salvar hasta 7 vidas y mejorar la calidad de muchas más. Aún así, la negativa familiar sigue siendo una de las principales barreras para que un órgano llegue a quien lo necesita.
En lo que va de 2025 se realizaron 1.613 trasplantes de órganos y córneas. Pero todavía hay 10.193 personas en lista de espera
Entre 2023 y 2024 el número de trasplantes se mantuvo, pero la tendencia de los últimos años en la cantidad de donantes es positiva e incluso en 2025 el número podría ser mayor.
Aunque por ley todas las personas mayores de 18 años que fallezcan son donantes, salvo que hayan expresado lo contrario en vida, desde INCUCAI invitan a expresar la voluntad de donar.






